El régimen castrista ha convertido la isla entera en una cárcel. Los cubanos no pueden mudarse entre provincias, tienen que enfrentarse a excesivas restricciones para poder salir del país y no pueden pronunciarse en contra del gobierno. Eso, entre muchas otras cosas que serían normales en cualquier otro país libre. Por ese motivo, todos los cubanos se pueden considerar como presos y en adición existen cárceles dentro de la cárcel que están llenas de cubanos y cubanas inocentes, cuyo único delito es amar la libertad o querer forjarse un mejor mañana.

miércoles, 12 de enero de 2011

Una lágrima eterna

Radio Martí  - El Comité para la Protección de los Periodistas publicó este martes un nuevo relato sobre la represión que vivieron los disidentes cubanos durante la Primavera Negra del 2003.

En marzo de aquel año, Fidel Castro desató una ola represiva que llevó a la cárcel a 75 opositores, intelectuales y periodistas independientes. Fue una acción condenada por gobiernos y entidades civilistas alrededor del mundo.

Amnistía Internacional considera que fueron encarcelados por expresar sus ideas políticas, y exigió su liberación inmediata.

Hoy en día, 17 de esos periodistas están viviendo en el exilio y están escribiendo en primera persona, a solicitud del Comité, sus testimonios sobre lo que vivieron durante esos años de encierro.
Muchos de ellos estuvieron más de siete años tras las rejas, por el solo hecho de haber manifestado opiniones que molestaron al gobierno comunista.

Juan Carlos Herrera Acosta, guantanamero, estuvo recluido en Kilo 8 (Camagüey), Boniato (Santiago de Cuba) y en el Combinado de Guantánamo. Ha escrito sobre lo que sufrió y cómo perdió dos cosas invaluables: su hija y su esperanza.
Para disidentes cubanos, la prisión es el único destino
Por Juan Carlos Herrera Acosta
Nací bajo el yugo de una tiranía, que ya es cincuentenaria y que tiene al encierro como único destino para quien intente desafiarla.
Yo me topé con ese destino por primera vez en 1997, cuando me condenaron a cinco años de prisión por el supuesto delito de atentar "contra la Seguridad del Estado".
Además de periodista, en Cuba yo era coordinador del Movimiento Cubano de Jóvenes por la Democracia, organización que defiende muchos derechos cercenados dentro de las casas de altos estudios, como la autonomía universitaria. ¿Las respuestas a nuestros reclamos?: la cárcel.
Fueron 4 años, 7 meses y 27 días en total aislamiento, además del triste récord de 43 puntos de sutura en mi cuerpo fruto de la bestialidad de los carceleros.
Más tarde, en 2003, llegó una de otras tantas tristes primaveras. El régimen de los Castro llevó tras las rejas a 75 opositores políticos, bibliotecarios y periodistas independientes. Entre ellos, yo.
Luego de un juicio sumarísimo, un juez me impuso cadena perpetua. Lo más curioso fue que ese mismo día, un minuto antes de comenzar la (farsa) instancia judicial, conocí a mi abogado defensor, proporcionado por el estado.
Me enviaron a Kilo 8, una prisión conocida con el sobrenombre "Se me perdió la llave" por el encierro interminable que padecen los presos de extrema peligrosidad que allí se alojan.
Poco tiempo después entendí que lo que se pierde en realidad es la esperanza.
Periodistas y demás prisioneros de conciencia fuimos confinados con reos de alta peligrosidad -asesinos, narcotraficantes- y hasta chivatos para que informen acerca de nuestros pasos.
Nos rodearon de nutridas colonias de mosquitos, cucarachas, roedores. Nos mantuvieron bajo una dieta donde las proteínas y las calorías no formaban parte de los ingredientes.
No había una entidad gubernamental a la cual acudir frente a tanto horror que se produce allí adonde ni la Cruz Roja Internacional, ni el Alto Comisionado para los Derechos Humanos tienen acceso.
Me cosí la boca, literalmente, como un acto de vergüenza y honor al mismo tiempo.
Tras las rejas, vi también oscurecerse a la primavera de 2008. El 12 de marzo me llegó la devastadora noticia de que un accidente de tránsito se llevó la vida de mi hija. Tenía apenas 15 años. Se llamaba Llanet.
Desde que me encerraron me fue difícil estar en contacto tanto con ella como con el resto de mi familia. Sólo tenía permitidas tres visitas al año.
Las autoridades de la prisión decomisaban mi correspondencia y me trasladaban a diferentes prisiones a lo largo de la isla, como un turista de los infiernos de los Castro, siempre lejos del lugar de residencia de mi familia.
En uno de esos centros de detención compartí el encierro con Orlando Zapata Tamayo, líder de la disidencia política en Cuba. Cuando nos vimos por primera vez, nos fundimos en un abrazo sincero, de aquellos que no sólo comparte los anhelos sino también las desdichas.
En febrero pasado su muerte imprimió una lágrima eterna en mí, y recordó al mundo sobre aquellos cubanos que le rehuyen a la cárcel como único destino.

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